
No es habitual que use el blog para dirigirme a los lectores si no es en forma de ficciones. Tampoco, que pase tanto tiempo entre un escrito y otro. Pero la realidad y lo ficticio, tanto en mi caso, como en el de estos mundillos virtuales, suelen jugar a intercambiarse los papeles, y el tiempo y la distancia no son materias propicias para distraidos y desmemoriados como un servidor. De libro en libro, y divagando por los pasillos, no hace mucho que una simpática bibliotecaria interrumpió mi deambular. '¿Tú eres el autor, verdad?' Con cierta rojez, asentí, un poco sorprendido del protagonismo. 'Ya hemos catalogado el libro, muchas gracias'. Hacía bastantes meses que, en un ataque de claustrofobia, recopilé una serie de libros, en estado aceptable, algunos nuevos, y los doné a la biblioteca local, incluyendo un ejemplar de mi primer libro, 'Perlas en el ático'. Ahora he de hacer espacio a los cuentos de mi hijo, y un exceso de volúmenes por la humilde (minúscula) morada hacía imposible encontrar algo, en especial los manuales de consulta y otras obras para releer. No soy partidario de tirar los libros, me da nosequé ofrecérselos a alguien que sé que aunque los acepte, seguro que no los leerá, y, aparte del 'bookcrossing' (divertido pero un tanto latoso si hay que etiquetar demasiado y buscar cada vez un lugar distinto) ¿qué mejor hogar de libros desvalidos que la querida biblioteca? Frecuento varias, pero la del barrio es, además, donde a veces llevo al pequeño a que hojee o escuche cuentos, y el asiento soleado y en paz en que escribo muchas de estas líneas y disfruto las ajenas. Es un edificio en general nuevo, moderno y cómodo, con un fondo especial de cine y novela negra: tiene gracia, pues fue un espacio ganado por los vecinos tras una larga lucha contra los humos, la basura, la especulación y la racanería -dejémoslo ahí- política.
Así que, de alguna forma, convertí mi obrita en patrimonio cultural de la ciudad. Vestida con su envoltorio de plástico y su matrícula, formó parte de las novedades del mostrador y fue virginal objeto de deseo. Para diluir tanta gloria y vanidad he de admitir que nadie fue capaz del levárselo prestado, y en parte me solidarizo con sus vergüenzas.
Una leve alegría me asaltó cuando por fin desapareció del altar de los novísimos. Sin embargo, como pude comprobar con sabor agridulce, nadie lo había apadrinado, si no que en unos días había pasado de 'novedad' a 'clásico'. Firme y contraído, el volumen se mantenía en su fila junto a los demás nombres de la narrativa en español. Su pareja de baile,'El silencio de los árboles', de Eduard Márquez, un autor barcelonés el que apenas sé nada, pero que curiosamente y sin saberlo se burla de mí: el título provisional de una de mis inacabadas/-ables novelas es 'Cuandol os árboles hablen' (no me plagiéis, queridos amigos, aunque ahora lo haga hasta W.Allen). Al otro lado, gracias al destino o a su hermanastra, la casualidad, 'Rabos de lagartija', de Juan Marsé, paisano al que ojalá pudiera parecerme como escritor, admirado maestro al que le debo aún mucho más: el gozo de la lectura.
Después de dos años, al fin he terminado el poemario que comencé, ha tomado cuerpo definitivo. La máxima dificultad ha sido la de hacer algo sencillo, pero también digno. Es más lo que el camino me ha aportado, quizá, que lo que yo he puesto en el libro. Cada cual que juzgue, el libro cada vez es menos mío. Agradezco el tiempo y la paciencia de los colaboradores (tantos y de muchas maneras, no sólo los que figuran en los créditos). En breve festejaremos el nacimiento.
Ahora, aliviado, después de diseñar y corregir, de consultar, traducir y hacer acotaciones, vuelvo al mejor de los placeres, ese que nos reúne a muchos por aquí, la dulce medicina de estos meses fríos: recupero la lectura, fiel amante y amiga.
'En este momento de su narración, vio Schehrazada aproximarse la mañana, y discretamente, no quiso abusar del permiso que se le había concedido'



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