jueves, 31 de enero de 2008

El buen ladrón


El señor Almirall está esperanzado con este gobierno. No es que confíe en exceso en la política, siempre le ha parecido un corral de gallos de pelea donde no tenía nada que apostar, más bien es porque a su achacosa edad le han insinuado que al fin sabrá quién es su padre.
Josep Almirall Gandía, o Pep, como lo llaman en el barrio, lleva los apellidos de su madre y los de su abuelo paterno. Un día, poco antes de que él naciera, los soldados nacionales entraron en casa de su familia y se apropiaron de cuanto había en ella, documentos, recuerdos, objetos de dudoso valor. Por suerte a su madre ya la habían ayudado a cruzar la frontera y dio a luz y halló descanso en uno de aquellos campos franceses.
Durante su infancia, asumió como un hecho normal el que faltara el padre, aunque le entristecía que a pesar de interesarse al máximo, y por más preguntas que hicera sobre su progenitor, "muerto en la guerra", esa figura no era añorada, ni querida en la familia, y su recuerdo se silenciaba como una lápida sin nombre.
Abatida la República española, luego la francesa, y agotado el crédito para sobrevivir, la vuelta al pueblo de origen se consumó con un matrimonio de conveniencia. El padrastro, un industrial del sector textil sin sospechas para el régimen, hizo medrar a la familia muy por encima de lo que permitían aquellos tiempos del hambre.
Sin embargo el señorito José se convirtió con los años en un adolescente difícil, reacio al mundo de la fábrica, y cuyo sueño era embarcar para América, confesiones y planes sólo desvelados a una de las pupilas de la pensión por horas "La Florida", donde malgastaba el dinero, los días y las ilusiones. Hasta que una noche calurosa de Julio escapó de las vacaciones en Blanes y asaltó el caserón donde vivían en busca del dinero que le diera la libertad.
El escándalo de las criadas no pudo detener a Pep, que rebuscó entre cómodas y armarios, cajas de caudales, metálico y joyas, cualquier cosa de valor. En el barco que partía aquella noche a Buenos Aires, curioseando las alhajas que no pudo vender, descubrió con rabia la misiva que escondía un relicario. Como una casualidad robada al destino, el redoblado papel, fechado en Julio del 36, decía: "Aquesta nit vaig a buscar-te, no m'importa el que pensin, tenim dos passatges a la Argentina per nos i el nen, i mai més no ens trobaràn. T'estima, Tomàs".
Fueron muchos años de aquí para allá, búsquedas en balde, de trabajos y avatares en busca de una fortuna incierta, en un país demasiado grande, y nunca apareció la aguja en el pajar, el fantasma que algunos decían que quizá pasó por aquí. Ahora que Pep ha vuelto a la península, anciano, reconciliado y con acento indeleble de donde ya es en el fondo, su nieta Blanca quisiera desvelarle su incierto origen. Blanca, que estudia en España, consiguió que su abuela confesara algún detalle del hombre que quiso borrar de su memoria. Según ella, Tomàs Leyva era un desertor, un oficial republicano mujeriego y cobarde que jamás acudió a su cita con su prometida ni con la patria. Gracias a estas pistas, Blanca obtuvo respuesta de su petición a los fondos del Archivo Histórico Nacional en Salamanca. Al parecer el señor Leyva había escrito numerosas cartas, cartas de amor, que jamás llegaron a su destino. Abuelo y nieta, esperan ahora que el Gobierno o la Generalitat les devuelvan lo que es suyo, que las cartas cumplan la función con que fueron escritas, y ser al fin destinatarios, aunque póstumos, de esos sentimientos expoliados por la guerra, la desmemoria, la mentira.

1 comentarios:

A las 11 de abril de 2008 a las 14:37 , Anonymous Anónimo ha dicho...

El ritmo me recuerda a Gabo. Escoges con mucho cuidado los adjetivos reveladores de cada detalle. Es un relato fascinante.

Marianella (Arianna Le Molle Zurcal)

 

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