La manzana cayó del sueño de Newton

Era un mal sueño levantarse, comprobar que seguía aquello sobre sí, salir al exterior cada día, frotarse los ojos incrédulo y observar un desfile de árboles y plantas diversos sustituyendo el cabello de la gente, que transitaba impasible, sin advertirlo. Por qué a él, tan formal, trabajador, ejemplar padre de familia, abstemio y deportista, tenía que ocurrirle trastorno semejante.
Al principio sí, todas esas palmaditas y sonrisas comprensivas al firmar las recetas, y tómese un descanso, unas vacaciones, se lo merece usted, hágame caso... Y vuelta al absurdo ritual de volver a casa, mirarse al espejo, comprobar la fronda primaveral en lo que antes era tu pelo, tu cabeza, tu pobre sesera perdida desde aquel día terrible cuando creíste estar muy mal, muy malito, y cómo podrías cortarlas aunque es inútil, esas ramas ahí, Dios mío, no estaré... Entonces viene el estadio de lucha, de no-asimilación, el buscar ayuda de personas que también perciben "eso" en su cráneo; y, sin embargo, sólo tú admites padecerlo.
Después llega la costumbre, incluso alivio, la certeza final que confiere la locura. Porque a Silverio Ramírez acabaron llevándoselo, a instancias de su mujer, a un lugar más tranquilo, donde pasear, refrescar las ideas entre azulejos blancos, agua como nieve, paredes de algodón, napoleones, ventrílocuos, gritos que se ahogan en un rayo y miradas al vacío. Qué bien, como a un niño pequeño todavía te trataban y sonreías, qué bien te recuperabas, señor Ramírez, qué bonita la margarita en su ojal ¿Para mí? Qué cosas tiene. La mayor parte de las enfermeras eran helechos ostensibles, crujientes, igual que en épocas del voraz diplodocus. Ninguna tenía flores, ni olía a un perfume en particular, sólo al verde donde se ocultaban. La mayor parte de los celadores eran coníferas de contradictorio aroma a sauce cabruno; los doctores inodoros cactos, afilados, que destilaban una leche acre. Y vegetaba, olvidaba la sociedad aquella de hipócritas, cobardes de reconocer el problema, el problema, el problema..., divagaba entre las rosas y demás arbustos del jardín.
Hasta que un día llegan los hijos más altos que nunca, la esposa, tan arrugada, para hacer la última visita, por favor despertarlo del largo hibernar: de acuerdo, ella ganaba, enterraría el problema por el bien de la familia. Una vez afuera, recuperado, aterraba el mundo de hombres, vegetales, ¿o locos? Había conseguido salir del centro porque fingía su vuelta a la normalidad: ya no veía -no quería ver- florescencia ni ramificación alguna en la cabeza de sus semejantes, y menos en la suya. Mejor de esa forma, seguir como si nada porque de qué servía. Sin embargo, estaba claro, o todos disimulaban aquel aspecto, quizá avergonzados, temerosos, o bien él sufría aún alucinaciones consecuencia de su histeria, pues continuaba sintiéndose injerto de hombre con manzano.
Así que empuñó unas tijeras de jardinería y una sierra para atajar el asunto de raíz. Fue mucho peor. En medio de agudos dolores, de savia y llanto derramados por doquier, desistió, hecho un lastimoso cristo. Y cuanto más drástica la poda, más fuertes recrecían luego los tallos. Inútil curarse de una enfermedad que para la medicina sólo existía en su imaginación, y buscar ayuda supondría tal vez un encierro definitivo. Inhábil en volver a hablar del tema con su alterada mujer -ese recto olmo-, a los pocos amigos..., Silverio optó por no batallar contra sí mismo, dejaría que el tiempo siguiera su curso.
Pasaba largos ratos en el espejo viendo evolucionar brotes, tallos que endurecían, nuevas ramas y hojas, las yemas que florarían color salmón al terminar la primavera; recortaba cuidadosamente el exceso de retoños y curaba las heridas con cera, evitando infecciones o los peligrosos hongos. Poco a poco la alimentación habitual le decía menos, y se dirigía a tiendas de comida naturista en busca de refuerzo. Su mujer perdonó la rara pasión por la homeopatía de su marido, sería la moda y, además, si le iban bien las pastillas esas con base de nitrógeno, fósforo, magnesio, calcio, potasio, pues vale, con tal que no recayera en pasadas chifladuras. Sólo le recriminaba que durante la noche empapara las sábanas de forma exagerada -parecía transpirar litros-, y también desprendía mucho calor, igual que con fiebre, seguro culpa de sus potingues. Él alegaba sufrir pesadillas, y ahogarse por las mañanas, como si le faltara oxígeno, pero en general se sentía mejor que nunca.
Excepto en el trabajo. La rutina era una losa oscura frente a su progresiva vitalidad. Pedía insistente el traslado a un despacho donde hubiera sol y, nada, ni aunque se hincara de hinojos. Siempre en las nubes, simulaba rendir algo, y le permitían cierto relax gracias al antiguo estrés, su halo de enfermo de la cabeza; no obstante, a veces sus compañeros lo sorprendían con un "qué miras", al descubrir que se fijaba demasiado en las floraciones ajenas, e improvisaba "tenías algo en el pelo, ya no". Terminaba las jornadas triste, envuelto en sudor manantial, y corría al parque a descansar entre sus congéneres verdes, a recibir lo que quedaba de luz vespertina. Tras su débil fotosíntesis no podía esquivar una floristería cercana a casa, compraba geranios, azucenas o claveles en macetas y buenos sacos de tierra y abono, que después compartiría con ellas. Silverio llegaba al piso ausente, se entretenía en acondicionar las nuevas adquisiciones para un ya excesivo vergel en tan diminuto balcón, y se comía la harina de cuernos, huesos y sangre, el sulfato potásico magnésico o el fosfato de Thomas, la tierra que sobrara.
En el domicilio la oscura losa proseguía, pues la incomunicación conyugal era difícil de vencer. Por mucho que pidiese peras al olmo -pasear los domingos, ir al campo de vez en cuando (a aquella montaña donde hacían el amor cuando solteros), o a la playa, qué importaba- ella en cambio adoraba la ciudad y la televisión, ir al cine, o al teatro, y qué pesadez aguantar el ajetreo de los niños, vigilarlos todo el tiempo, y no, de ninguna manera. Él tenía que irse solo a coger aire, o disfrutar del mini pensil casero.
Fue así como conoció, en uno de esos deambulares solitarios por el parque, a Zenobia. Silverio daba vueltas en busca de la mejor parcela de sol, y a menudo se sentaba en el mismo banco, uno donde no estorbaban otros árboles. Echaba los brazos atrás y absorbía los rayos alzando la cara, cerraba los ojos, y se llenaba de felicidad. Una mañana el sol se nubló de repente, despertó, miró delante de él y allí estaba, una mujer preciosa, coronada por aquellas flores fucsia en sus ramas de gris, combinadas a la perfección con su vestido. Ella disimuló que la estaban mirando, y justamente desde el comienzo de su rostro... hasta la copa. Se levantó, apresurada a abandonar los jardines, nerviosa, sorprendida, y cuando él fue hacia ella se puso a correr.
Silverio no desesperó. Volvió cada día al mismo asiento, seguro de que ella no tardaría en aparecer de nuevo, ya que quizá no tuviera otra elección. Y una tarde inesperada no fueron las nubes quienes interrumpieran su baño de sol, sino la figura esbelta del árbol Zenobia. Conectaron de inmediato, pues parecía que se esperaran en realidad toda la vida, y se sucedieron sin pensarlo innumerables citas. Ambos vivían de la misma forma, sentían las mismas cosas, ¡eran de la misma especie arbórea!, y tal vez no estuvieran locos. Las conversaciones con Zenobia te llenaban de alegría y amor, a la vez que de amargura, porque la creías quizá tan loca como tú: sostenía que la extraña simbiosis entre vegetal y hombre era común a todos desde hacía años, pero nadie se atrevía a admitirlo por miedo a la locura y la persecución. Contó la dura terapia a que se vio sometida, el rechazo de su entorno al buscar el bienestar a su manera. Estabas tan ilusionado, tan enamorado, que no te atrevías a creer que fuerais sólo dos excepciones a la regla, un par de histéricos mal recuperados compartiendo fantasías.
La señora de Ramírez intuía la infidelidad de su marido por la dicha desbordante, la vitalidad que lo rejuvenecía con descaro, y que él tampoco ocultaba. Tanto es así que llegó a verlos pasear juntos, besándose como dos adolescentes, en el parque no muy lejos de casa. Sintió, más que rabia o dolor, envidia de tamaña juventud. Se preguntó si aquel cada vez más extraño comportamiento obedecía al influjo de esa relación; estaba feliz y encantador, un niño con juguetes nuevos que también a ella atraía como nunca. Los celos se iban escurriendo de su grifo de paciencia. Sin embargo, no se atrevía a terminar el asunto, menudo escándalo y, además, estaba tan guapo, tan joven, tan atento, tan...
Pero ninguna comedia es eterna, y unas gotas colmaron el vaso. Cierto día lo cogió in fraganti en el balcón, las manos metidas en estiércol y mascando abono azul, mientras tomaba el sol en cueros. Sufrió un ataque de nervios estridente, amenazó con llevarse a los niños muy lejos, con meterlo en un manicomio para siempre, con divorciarse por malos tratos psíquicos, con... Silverio estalló en grandes gritos, tampoco podía más, mientras se vestía reclamó su derecho a estar loco, a ser un árbol, por qué no, y no necesitaba a nadie y menos a una histérica como ella y adiós-has-ta-nun-ca. Un fuerte portazo culminó el acto, y desapareció.
Desapareció sin huellas pues ni al día siguiente, ni al otro, ni meses más tarde, volvería a casa o al trabajo. Toda búsqueda fue en vano, nadie había visto a aquel tipo cuya descripción se publicitaba aquí y allá. Su esposa estaba arrepentida por haber sido tan dura, era un pobre hombre aún enfermo, y su impaciencia le había hecho recaer fatalmente, buscar consuelo en otra mujer quizá más comprensiva. Movió cielo y tierra para que fuera encontrado, facilitó pistas también sobre la otra, la traidora, pero ambos sorteaban sin problemas el cerco policial.
La pareja, desde el primer día, después de ocultar el coche de Zenobia en un barranco, había subido sin desfallecer hasta llegar a la añorada montaña. Una vez escabullidos en la sierra propusieron olvidarse del mundo de los hombres. En el bosque vivirían rodeados de amigos, sobre todo pinos, alguna encina, higueras silvestres y cientos de plantas que aún desconocían. Pasaban las horas al sol, intercambiaban experiencias sobre el clima con los demás, escudriñaban terrenos con mejor humus según sabios consejos, y el secreto para resistir las heladas y los parásitos. La piel humana se curtía a medida que aumentaba su confianza en el camino elegido, se dejaban llevar y entrambos ramajes se fueron alargando hacia el sol mientras la lluvia y el rocío les cosían a la nueva vida. Pronto iba a volver la primavera y se llenarían al fin de ansiados frutos.
La señora de Ramírez se maldijo, meses después, por no haber recordado antes el lugar donde acampaba con su esposo años ha, siendo muy jóvenes. La policía puso en marcha un rastreo que dio positivo con perros, helicópteros, todo terrenos. Los animales estrechaban la búsqueda aunque no había ni un alma, sólo flores y mariposas en un paisaje que rehacía su ciclo. Cuando encontraron el coche en una hondonada, la cosa parecía más fácil, pero fue un espejismo. Acordaron seguir unos días más por respeto a la obstinada dama, hasta que un caluroso día de junio, la mujer rompió a llorar. Después, con calma, decidió que acabara la infructuosa partida de caza. Había reconocido las ropas que envolvían a unos árboles, un par de troncos enlazados que le resultaban familiares.



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