sábado, 29 de septiembre de 2007

La isla sin nombre




Llegué a esta isla a través de un sueño, sin saber cómo. Me vi huyendo del verde opresivo de una selva, y alguien, tal vez sólo el espectro de un pasado caníbal, seguía mis pasos, y yo necesitaba abrirme paso hasta la playa. La persecución cesó con el rumor turquesa del mar, y junto a su orilla un personaje sentado realizaba su tranquila, acompasada labor sin pausa. Era un anciano terso, tostado y de fibrosa alegría. La blancura de su turbante y su taparrabo a la manera hindú contrastaba con su bronceado gesto, que se afanaba en golpear una gran piedra incrustada a su vera.

-¿Ves esta piedra?- me preguntó al acercarme, sin dejar de arremeterla ni de sonreír. Asentí con la cabeza.-Llevo años dale que te pego, pero creo que voy a conseguirlo. ¿Gustas?

Tomé aquel tosco martillo atado burdamente a un hierro, carcomido y romo, y lo dejé caer contra el saliente calizo, sin mucha convicción. Sin embargo, continué con una inercia dichosa, relajante y despreocupada, mientras el viejo, puesto en pie, saludaba, cientos de huellas adelante junto a la orilla inabarcable.

Desde entonces vuelvo aquí cuando lo necesito, golpeo la roca un tiempo, me tumbo en la arena solitaria y aspiro el espumaje de las olas. El viejo no debe de vivir aquí, pues no he visto embarcación alguna, ni señales de fuego, o una choza rala de hojas de palmera. Quizá venga sólo a refugiarse también, aunque me pareció en sus ojos que el miedo era para él una sensación antigua, de una adolescencia remota que le haría reír.

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